Casto Pobre Humilde Primer Domingo Cuaresma Año A
Génesis 2:7-9, 3:1-7; Salmo 51; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11
La primera lectura del Génesis describe a Adán y Eva en el Jardín del Edén. Antes, Dios le había dicho a Adán: “Puedes comer libremente de cada árbol del jardín; sino del árbol del conocimiento del bien y del mal no comeréis, porque en el día que comáis de él moriréis.” (Génesis 2:17)
Después de que Dios creara a Eva y la presentara a Adán como su esposa, tampoco se le permitió comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, tras ser tentada por la serpiente, mientras Adán su marido permanecía en silencio, Eva miró el fruto de ese árbol y vio que el fruto del árbol parecía bueno para comer, era delicioso de ver, tomar y poseer, y que si ella y Adán comían el fruto del árbol, podrían volverse tan sabios como Dios. (Génesis 2:6-7)
El pasaje del Evangelio presenta de manera similar a Jesús siendo tentado de tres maneras por el diablo. El diablo tienta a Jesús ofreciéndole pan que parece agradable para comer, mostrándole “todos los reinos del mundo” que resultaban encantadores de mirar, tomar y poseer, y tentando a Jesús a lanzarse en vano y orgulloso desde lo alto del templo para que quienes lo miran le aplaudan por su gran poder mientras aterriza ileso en el suelo de abajo.
Las tres tentaciones que enfrentaron Adán, Eva y Jesús son, esencialmente, las tentaciones de experimentar placer excesivo, la codicia (tomar y poseer lo que nos deleita) y el orgullo.
Adán y Eva experimentaron un placer excesivo al comer el fruto prohibido y disfrutar de su sabor. En cambio, Jesús rechazó el exceso el placer, ya que cuando el diablo le ofreció pan durante el tiempo en que Jesús había sido conducido al desierto “por el Espíritu” para ayunar, Jesús se negó a comer el pan (Mateo 4:1)
Adán y Eva se apoderaron codiciosamente del fruto prohibido para poseerlo. En cambio, Jesús se negó a adorar al diablo para poseer todos los reinos del mundo que el diablo le mostró.
Adán y Eva se esforzaban orgullosos por ser sabios como Dios en sus propios términos. En cambio, Jesús se negó a salvar el mundo como un Mesías poderoso que realiza grandes señales y maravillas para inspirar asombro. En cambio, Jesús permaneció humilde y fiel a la voluntad de su Padre Celestial buscando salvar al mundo como un Mesías siervo sufriente que demuestra su amor infinito por nosotros muriendo en la Cruz y resucitando de entre los muertos.
Durante sus cuarenta días en el desierto, Jesús derrotó las tres tentaciones del diablo permaneciendo casto, pobre y humilde.
Durante nuestros cuarenta días de Cuaresma, la Iglesia nos anima de tres maneras para que, con Jesús y en Jesús, crezcamos en castidad, pobreza y humildad. Primero, somos demasiado rápidos. El ayuno ayuda a sanar nuestro deseo de experimentar placer excesivo. Segundo, debemos dar limosna. La limosna ayuda a sanar nuestro deseo de poseer codiciosamente más de lo que necesitamos. Tercero, debemos rezar. La oración genuina, mediante la cual sometemos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, ayuda a sanar nuestro orgulloso deseo de ser como Dios en nuestros propios términos.
Durante esta Cuaresma, Señor Jesús, que aumentemos nuestro ayuno, nuestra limosna y nuestra oración para que podamos ser más como tú, que, como amante divino, eres perfectamente casto, pobre y humildemente obediente.
Que Dios les bendiga a todos – Padre Pedro